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El secreto para aprovechar más el tiempo

Hubo un tiempo que estuve en Río de Janeiro.

El Che Lagarto en Ipanema era mi hogar entonces y no olvidaré la primera caipirinha que nos regalaron y tomamos en la playa. Con el morro dois irmaos de fondo.

 

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Recuerdo la fiesta a la que fuimos con los con dueños del hostal y con los demás viajeros. La fiesta en la que me encontré a una chica de Gran Canaria. En otro continente. Estés donde estés encontrarás a un canario.

Hubo un tiempo también que caminé toda Ipanema hasta Copacabana fijándome en cada detalle. En los que bebí agua de coco. En los que me compré el pareo de rigor de la bandera brasileña.

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Hubo un tiempo cuando estaba allí que escuchaba una y otra vez garota de Ipanema. Porque yo era una garota en Ipanema. Una garota que comía en cualquier sitio y por mucho que intentara no podía falar brasileiro.

Hubo momentos en los que algún brasileño se enfadaba por tocar los cocos de agua que vendían. Hubo tiempo de nubes y de sol. De quemarme y de llevar el gorro de Papa Noel. Porque era navidad pero era verano. Comí feijoada y compraba collares en los puestos de playa.

Subí al Pan de Azúcar y vi el Corcovado. Vi todo Río desde lo más alto.

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Hubo un día que estuve en Menorca. Que conocí la isla en un coche con el que la recorrimos este a oeste y de norte a sur. Donde canté bajo el mismo sol con mi amiga Rocío. Donde conocí a Andrew, el inglés afincado en la isla y con el que hablé de su vida. De donde estuvo, de donde viene y a donde planea ir. Y a donde planeo ir yo. Y donde compartimos un techo, un sofá cama y quemaduras de sol.

Hubo un tiempo que en Menorca estuve en la cala Macarella y Macarelleta. Donde el tiempo pasaba y no sabíamos que día era.

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Hubo un día que llegué al Desierto de Atacama volando de Santiago de Chile con escala en Iquique. Donde conocimos a un grupo de argentinos, uruguayos, españoles, franceses y alemanes. Donde compartimos una furgoneta, escuchamos Sweet Home Alabama con el paisaje desértico y las llamas de fondo. Donde estuvimos en el Valle de la Luna y vimos el atardecer.

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Valle de la Luna

 

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Donde compartimos un hostal en común. Donde un chileno me dijo por primera vezque había nacido una guagua, y donde entendí que era un bebé y no un autobús.

Hubo un tiempo que la cumbia era lo que sonaba en el desierto, donde Marcos Navarrete (nuestro guía) me llevó a probar por primera vez la comida peruana y donde me declaré fan de ella. Donde delante de un ceviche nos contaba como era su día a día en San Pedro de Atacama.

 

Hubo un tiempo que hice todo eso en estos sitios. En 24 horas.

Todas esas cosas las hice en 24 horas en cada uno de esos lugares.

El tiempo viajando no lo podemos medir en horas ni minutos. El tiempo viajando lo medimos en momentos, en lugares nuevos y personas que conocemos. El tiempo viajando no transcurre como el resto del tiempo. Tus sentidos están mucho más alerta y las cosas no las haces en piloto automático. Tienes que estar constantemente atento a lo que te vas a encontrar porque no conoces el camino. Tienes que tomar decisiones que te llevarán a descubrir unas u otras cosas todo el rato. El tiempo viajando es el mejor invertido porque cada segundo, cuenta.

La mayoría de las veces que vamos a un lugar nuevo, el tiempo pasa volando, pero a la vez tenemos la sensación de que llevamos mucho más en ese sitio.

Porque 24 horas cuando viajas, dan para mucho.

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¡No te quedes en tierra!

Marta López

Risueña, curiosa y observadora. Tengo 25 años y nací en Gran Canaria, pero desde que salí de la isla con 18, las palabras origen y hogar tomaron un nuevo significado. Recuerdo hasta los más pequeños detalles, hago listas para todo y la de "cosas que quiero hacer antes de morir" hace tiempo que sobrepasó el límite para esta vida. Adoro caminar descalza y cenar un buen desayuno.

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